“El hombre no quiere ser libre, sino esclavizado”. Antonio Fornés

El filósofo y teólogo plantea cómo conseguir la plenitud vital a través del razonamiento

“Los filósofos deberían ser personas normales”, opina Antonio Fornés, al tiempo que recuerda que pensadores clásicos como Sócrates, que libró batallas como soldado griego de infantería, o Descartes, que en su juventud fue militar, “no vivían en una cueva”. El filósofo y teólogo es el mejor ejemplo de que la filosofía, lejos de nacer del ensimismamiento, emana de la calle y de las cuestiones cotidianas que incumben a todo ser humano.

Desde su sección en el programa de radio Viaje al centro de la Noche (RNE) y a través de los cuatro libros que ha publicado –entre ellos, el título de superación personal Reiníciate -, el autor es capaz de hacer comprensibles para el gran público complejos conceptos filosóficos. Una habilidad a la que se suma su alegato a favor de la necesidad humana de razonar sobre cuestiones vitales, como Dios o el sentido de la vida.

En su último título bibliográfico, Viaje a la sabiduría. Historias filosóficas con moraleja (Diëresis), Antonio Fornés recorre varios episodios de la historia de la filosofía con el objetivo -como se señala en el libro- de combatir la sociedad del sentimentalismo hueco, la emoción adolescente, que confunde felicidad con placer perentorio.

– Usted critica que las acciones mecánicas que reproducimos cada día no nos dejan pensar lo suficiente.

– Desde la revolución industrial el ritmo de vida se ha acelerado y sólo se valora el aspecto productivo del hombre, que desde mi punto de vista es el menos interesante. Incluso estando de vacaciones nos sentimos obligados a seguir haciendo cosas. Pero esta es la parte menos valiosa de nosotros mismos porque en este sentido somos perfectamente sustituibles.

– Y, ¿además?

– El trabajo es alienante, provoca vacío existencial porque es algo que nos convierte en engranajes.

– Y cuando dejamos de hacer cosas y trabajar…

– Parar y pensar en nuestra vida tiene un punto de escalofriante; pensar sobre qué sentido tiene vivir, cuáles son las cosas que valen la pena es complicado porque probablemente descubriremos –sin querer dar lecciones a nadie- que el 99% de lo que hacemos no tiene ningún sentido, no vale para nada y que nuestra vida es un desastre. Por eso preferimos no pensar.

– Para no ver realmente quiénes somos.

– Y escucharnos a nosotros mismos. Fíjate: ¿cuál es el éxito de los libros de autoayuda? Pues que siguen la línea de facilitar que la gente no se escuche a sí misma, no se plantee sus problemas, porque lo que hacen es dar respuestas. Son recetas que sirven para tranquilizar a la gente y permitir que continúen adelante.

– Pero, en cambio…

– La filosofía es transformadora porque es rupturista, es la auténtica autoayuda. Pero no da respuestas.

– ¿Cómo funciona?

– Sócrates practicaba el “conócete a ti mismo”; escúchate, qué es lo que realmente quieres, qué sentido tiene vivir. Insisto, no hace falta ser Aristóteles para hacer filosofía. Una vida sin autorreflexión, sin que cada noche pensemos en lo que hemos hecho, es una vida que no merece ser vivida.

“Vivimos en la sociedad del aburrimiento absoluto”

– Contundente reflexión.

– Por eso en realidad vivimos en la brillantez absoluta de lo material. Obviamente, si a cualquiera le preguntas en qué año le hubiera gustado vivir, te responderá que en este. Pero eso no significa que sea un momento fácil, seguramente es el de mayor sufrimiento del ser humano.

– ¿Por qué?

– En la novela de Charles Dickens Historia de dos ciudades (1859) hay una frase que dice: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Pues esto es lo que nos pasa un poco: vivimos en el mejor de los tiempos materiales, pero no somos capaces de afrontar nuestros problemas aún teniendo más tiempo para preocuparnos de nosotros mismos, y huimos hacia adelante. Vivimos en la sociedad del hedonismo absoluto, de la pura diversión.

“Los filósofos deberían ser personas normales”, opina Antonio Fornés (L’Hospitalet de Llobregat, 1968), al tiempo que recuerda que pensadores clásicos como Sócrates, que libró batallas como soldado griego de infantería, o Descartes, que en su juventud fue militar, “no vivían en una cueva”. El filósofo y teólogo es el mejor ejemplo de que la filosofía, lejos de nacer del ensimismamiento, emana de la calle y de las cuestiones cotidianas que incumben a todo ser humano.

Desde su sección en el programa de radio Viaje al centro de la Noche (RNE) y a través de los cuatro libros que ha publicado –entre ellos, el título de superación personal Reiníciate -, el autor es capaz de hacer comprensibles para el gran público complejos conceptos filosóficos. Una habilidad a la que se suma su alegato a favor de la necesidad humana de razonar sobre cuestiones vitales, como Dios o el sentido de la vida.

En su último título bibliográfico, Viaje a la sabiduría. Historias filosóficas con moraleja (Diëresis), Antonio Fornés recorre varios episodios de la historia de la filosofía con el objetivo -como se señala en el libro- de combatir la sociedad del sentimentalismo hueco, la emoción adolescente, que confunde felicidad con placer perentorio.

– Usted critica que las acciones mecánicas que reproducimos cada día no nos dejan pensar lo suficiente.

– Desde la revolución industrial el ritmo de vida se ha acelerado y sólo se valora el aspecto productivo del hombre, que desde mi punto de vista es el menos interesante. Incluso estando de vacaciones nos sentimos obligados a seguir haciendo cosas. Pero esta es la parte menos valiosa de nosotros mismos porque en este sentido somos perfectamente sustituibles.

– Y, ¿además?

– El trabajo es alienante, provoca vacío existencial porque es algo que nos convierte en engranajes.

– Y cuando dejamos de hacer cosas y trabajar…

– Parar y pensar en nuestra vida tiene un punto de escalofriante; pensar sobre qué sentido tiene vivir, cuáles son las cosas que valen la pena es complicado porque probablemente descubriremos –sin querer dar lecciones a nadie- que el 99% de lo que hacemos no tiene ningún sentido, no vale para nada y que nuestra vida es un desastre. Por eso preferimos no pensar.

– Para no ver realmente quiénes somos.

– Y escucharnos a nosotros mismos. Fíjate: ¿cuál es el éxito de los libros de autoayuda? Pues que siguen la línea de facilitar que la gente no se escuche a sí misma, no se plantee sus problemas, porque lo que hacen es dar respuestas. Son recetas que sirven para tranquilizar a la gente y permitir que continúen adelante.

– Pero, en cambio…

– La filosofía es transformadora porque es rupturista, es la auténtica autoayuda. Pero no da respuestas.

– ¿Cómo funciona?

– Sócrates practicaba el “conócete a ti mismo”; escúchate, qué es lo que realmente quieres, qué sentido tiene vivir. Insisto, no hace falta ser Aristóteles para hacer filosofía. Una vida sin autorreflexión, sin que cada noche pensemos en lo que hemos hecho, es una vida que no merece ser vivida.

“Vivimos en la sociedad del aburrimiento absoluto”

– Contundente reflexión.

– Por eso en realidad vivimos en la brillantez absoluta de lo material. Obviamente, si a cualquiera le preguntas en qué año le hubiera gustado vivir, te responderá que en este. Pero eso no significa que sea un momento fácil, seguramente es el de mayor sufrimiento del ser humano.

– ¿Por qué?

– En la novela de Charles Dickens Historia de dos ciudades (1859) hay una frase que dice: “Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”. Pues esto es lo que nos pasa un poco: vivimos en el mejor de los tiempos materiales, pero no somos capaces de afrontar nuestros problemas aún teniendo más tiempo para preocuparnos de nosotros mismos, y huimos hacia adelante. Vivimos en la sociedad del hedonismo absoluto, de la pura diversión.

– No suena tan mal.

– Sin embargo, si uno rasca mínimamente, es la sociedad del aburrimiento absoluto porque, en realidad, detrás de la continua necesidad de divertirse, no hay nada, todo es apariencia. Una vida en la que no vivamos con un mínimo de profundidad, de sentido de la existencia, es una vida prácticamente inhumana que provoca sufrimiento, como demuestran las estadísticas sobre el incremento de ansiolíticos y antidepresivos.

– ¿Quién nos ha llevado a este extremo?

– Varias cosas. Primero, el capitalismo. El mundo se ha convertido en un gran mercado en el cual sólo se nos valora por producir, y la tecnología ha borrado, entre otros efectos secundarios, toda diferencia entre el trabajo y la vida personal; ahora estamos localizados –a través del teléfono móvil- las 24 horas al día.

– ¿Y lo segundo?

– También se han eliminado cosas que el hombre necesita, lo cual le provoca desasosiego: los límites morales y éticos y la religión, independientemente de que uno crea o no en Dios. Es como un niño que es educado en la absoluta libertad, a hacer lo que quiera: se le deshumaniza.

– ¿Cuál es la peor enfermedad de nuestros tiempos?

– La falta de referentes absolutos. En nuestra sociedad se ha impuesto el mensaje continuo de los valores, que a mí me aterra un poco ya que la palabra “valor” ya en sí misma tiene una connotación económica – los valores bursátiles-. Aparte, se añade un segundo aspecto: los valores son subjetivos, cada uno puede tener los que quiera, por lo que, si son perfectamente intercambiables, no hay valores.

– “Si no te gustan mis principios, tengo otros”.

– Esto es ridículo, porque si renunciamos a valores universales, a algún referente que esté por encima de nosotros, sólo nos queda utilitarismo, pero eso no es moral. Para empezar, es discutible, y en segundo lugar, tiene que ver con intereses particulares y no con el bien común.

– Explíquese.

– Una sociedad absolutamente individualizada -donde lo único que nos queda es el “yo quiero ahora”- es profundamente infeliz porque necesita retroalimentarse continuamente. Fíjate que todo lo convertimos, incluso lo más presuntamente bondadoso, en algo profundamente interesado. Por ejemplo, si queremos ayudar a la gente de países pobres, organizamos conciertos para recaudar dinero donde nos lo pasamos pipa.

– ¿Hay remedio a tanta banalidad?

– Yo modestamente discuto que sin referentes trascendentales, ya sean religiosos o no, se puedan establecer valores absolutos. El mundo ha cambiado brutalmente, pero nos negamos a aceptarlo. Por ejemplo, en el plano político, seguimos utilizando un sistema que se inventó a finales del siglo XVIII, pero nuestro mundo no se parece en nada al de 1789, pero seguimos insistiendo en la manera de hacer de hace dos siglos y medio cuando no hay encaje real.

– ¿Algo más?

– El mundo ha sido religioso durante los últimos 30.000 años: existía la idea del bien porque existía Dios, un referente y un soporte sobre el que construir una teoría que hemos eliminado, pero queremos seguir hablando del bien y del mal; seguir viviendo como si nada hubiera ocurrido nos produce vacío existencial.

– ¿Qué opciones propone?

– Necesitamos replantearnos, cambiar nuestro sistema, o volver hacia atrás. En un mundo sin trascendente no es posible tener valores universales, otra cosa es que sin ellos se pueda vivir de una manera normal (…) probablemente nunca ha habido una mayor falta de encaje entre lo que aprendemos de nuestros padres y la escuela con nuestra realidad. Fíjate, hablamos continuamente de la familia, de la libertad y de la felicidad porque carecemos de todo eso.

“Sus opiniones serán respetables si lo son”

– ¿Cuál es el principal error que cometemos cuando atendemos a las opiniones de los demás?

– De alguna manera se busca tener razón. Fundamentalmente el lenguaje se ha convertido de una herramienta de ataque contra el adversario, cuando debería ser justo lo contrario. Vivimos en una sociedad muy poco politizada y filosófica, pero en cambio muy ideologizada: una sociedad de respuestas; no hay pensamiento ni reflexión, con lo cual es imposible ningún acercamiento. La razón se ha sustituido por el sentimiento primario.

– ¿Qué es el diálogo?

– Lo que hacía el pobre Sócrates, que salía a la calle y preguntaba a la gente.

– ¿Las preguntas son respuestas?

– La filosofía nos enseña que la sabiduría está en las preguntas. Piensa por qué Occidente frente a Oriente se desarrolló más: los griegos se convencen de que el mundo es un cosmos, un orden, y de que si hacemos las preguntas adecuadas, obtendremos conocimiento. Para mí, eso continúa siendo igualmente válido.

– Pero…

– Preguntar, en cierto modo, implica poner en tela de juicio las creencias de los demás, las opiniones presuntamente sacralizadas que no se pueden mover, lo políticamente correcto. Y no es casual que el señor que un día salió a la calle a empezar a filosofar y preguntó al político qué es el bien, acabara ejecutado democráticamente por la democrática Atenas.

– Trágico final.

– Hacer preguntas es algo muy molesto porque, en realidad, quien pregunta no sólo gana sabiduría, sino que descubre la ignorancia de aquellos que viven de la ideología, del discurso continuado.

– ¿Cómo librarnos de nuestros prejuicios e ideas preconcebidas a la hora de forjarnos nuestra opinión sobre un tema?

– Acudiendo de nuevo a la filosofía. En nuestra sociedad todo el mundo dice “yo creo”, ¿pero cuánto tiempo hemos dedicado a la reflexión? El filósofo lo primero que hace es pensar qué han dicho [sobre un determinado tema] los grandes cerebros de los últimos 3.000 años, pero la sociedad ha dado la espalda a toda su tradición de pensamiento.

– ¿Hay que respetar todas las opiniones?

– Otra de las cosas que me pone muy nervioso es el “todas las opiniones son respetables”, que es una majadería increíble. No, mire usted, todos los seres humanos por el hecho de serlo son respetables, tienen una dignidad y son iguales. Sus opiniones serán respetables si lo son.

– Hay quien le acusaría de fascista.

– Pregúntese: ¿Cuánto tiempo le ha dedicado a su opinión? Si es sólo un minuto, lo siento: su opinión no vale nada.

“La sociedad ha dado la espalda a toda su tradición de pensamiento”

– Afirma en el libro que todo ser humano nace libre, ¿en qué sentido?

– El tema de la libertad es complejo. El hombre es esencialmente libre, y este es probablemente uno de los castigos del hombre. Un ejemplo: viene un señor con una pistola, me apunta en la sien y me pone de rodillas. Soy absolutamente libre porque sólo yo puedo obedecer a ese hombre o no hacerlo.

– Bueno…

– Somos libres. La libertad no está fuera de nosotros, reside en el hombre. Lo que pasa es que, curiosamente y frente a lo que pueda parecer, no nos gusta en absoluto ser libres, queremos que otros tomen las decisiones por nosotros.

– Porque escoger constantemente también es cansado.

– La gente que se pasa todo el día con la palabra libertad en la boca normalmente está ideologizada, como el que va a una manifestación encabezada por un líder. ¿De verdad ese es el ejemplo de libertad? Dale una vuelta al tema. La leyenda de ‘El gran inquisidor’ –aparece en la segunda parte de Los hermanos Karamazov, de Dostoievski- muestra cómo el hombre en realidad no quiere ser libre.

– Haga un breve resumen.

– Dice Jesús que volvió un día a la Tierra, concretamente a Sevilla (España), donde se celebraba la cumbre de la Inquisición, y empieza a predicar. Llega Torquemada, gran inquisidor rodeado de sus guardias, y ve a Jesús y le reconoce. Ordena detenerlo y encerrarlo. Cuando oscurece, Torquemada baja a la más oscura de las mazmorras, donde está Jesús, y conversa con él.

– Continúe.

– Mientras Jesús escucha en silencio, Torquemada le dice: “Yo sé que tú eres Jesús, el hijo del Señor, y por eso no te voy a dejar salir de aquí nunca más, porque tú eres un ingenuo, dices que los hombres son bondadosos, que quieren ser libres, que quieren amar a Dios, pero¿sabes lo que pasa? Los hombres como yo sabemos que los hombres quieren pan, quieren milagros, y de eso ya nos vamos a ocupar nosotros.

– ¿Cómo?

– Les haremos trabajar, pero a ratos les dejaremos que crean que se divierten, y a unos cuantos les permitiremos delinquir porque tiene que parecer que toman decisiones, pero ya lo controlaremos nosotros, porque la mayor preocupación de un hombre es buscar a alguien que le esclavice a cambio de seguridad, dinero y doctrina.

– ¿Qué contestó Jesús?

– Se levantó y le dio un beso en los labios a Torquemada, entonces, le dejó que se fuera con la advertencia de que no volviera a aparecer por la Tierra.

– La moraleja…

– El hombre no quiere ser libre, quiere ser esclavizado.

– ¿Qué implica ser libres?

– Tomar decisiones y ser responsables únicos de nuestras elecciones. Además de ser muy cansado, luego no tenemos a nadie a quien protestar ni quejarnos; hay que admitir que todo lo que nos pasa en la vida es por nuestra culpa y no estamos dispuestos a ello porque preferimos pensar que es culpa de nuestra mujer, de nuestro jefe, del barrio donde nacimos… que hemos hecho bastante.

– ¿Quién aspira a la absoluta libertad?

– El ateo, pero eso es muy difícil.

Antonio Fornés acaba de publicar su cuarto libro, ‘Viaje a la sabiduría’


Fuente : La Vanguardia

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Lic. Santiago F.Feliu Enfermería- Legal - Forense Especialista en Aerovacuacion

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