Una enfermera cuenta su pelea contra el Covid-19 desde la línea de combate

“Hoy me tocó preparar cuerpos de tres fallecidos; las carencias, producto de años de rezago”, dice.

Ileana llega a su casa después de ocho horas de trabajo como enfermera general en la primera línea de atención a la emergencia por la propagación del virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad covid-19. Trabaja cinco días a la semana sin calendario semanal fijo en una de las clínicas de referencia regional, en la zona norte de Baja California, que es, hasta el momento, el tercer estado con mayor incidencia de contagio tan solo por debajo de la Ciudad de México y el Estado de México.

«Antes de salir del hospital me ponen sanitizante en todo el cuerpo. Me cambio de uniforme. Aplico en todo el coche alcohol al 70 por ciento. Llego a la puerta de mi casa, me quito los zapatos y la ropa afuera. Me pongo gel antibacterial y no toco absolutamente nada. En ropa interior y descalza me voy al baño. Me baño de inmediato. A veces llego y me siento muy mal. Tengo un mes sin ver a mi familia. No la puedo visitar. Tengo días muy desgastantes, mentalmente, emocionalmente. En ocasiones ni siquiera quiero levantarme por las mañanas para salir a trabajar. Es tanto el cansancio, el agotamiento físico, que mi cuerpo me exige no hacer nada más».

Hace pocos minutos que Ileana llegó de la clínica en la que labora. Recién ha terminado su riguroso protocolo de limpieza después de otro día de la «tortura» que es usar el traje de protección que, argumenta, restringe el vínculo fundamental de confianza entre paciente-enfermera. Le resultan inverosímiles los pocos días que han transcurrido desde el comienzo de la emergencia, comparados con todo aquello que le ha tocado presenciar al interior del núcleo para la atención de pacientes con Covid-19. Su nombre real será reservado para protección de su identidad. Del otro lado de la línea, al menos un par de veces, se le escuchará quebrar la voz al compartir su testimonio.

«Hoy hubo tres fallecimientos. Me tocó preparar los cuerpos, amortajar. Es el pan de cada día. Están censando a gran cantidad de personas fallecidas con neumonías atípicas o con neumonías no especificadas. Esto es porque las pruebas de Covid-19 están tardando en procesar. Hay muchas personas que llegan con una dificultad respiratoria que se va complicando. La mayoría de los pacientes que tienen intubación endotraqueal no tienen buen pronóstico de vida. Los conectan al ventilador y cuando fallecen no alcanza a estar el resultado. Esto ha estado pasando mucho aquí. Días después de que hacen el censo y emiten el acta de defunción como neumonía no especificada, llegan los resultados de la prueba y gran parte de las veces son confirmatorios de coronavirus».

Tirar la toalla. Lo ha considerado pero lo ha desechado la idea de inmediato, reconoce. No hay opción. Es el deber. Desde hace tres semanas, ella y varios compañeros de la primera línea en su clínica han estado acudiendo a citas psiquiátricas y han sido medicados con fluoxetina, un psicotrópico inhibidor de la recaptación de serotonina, entre otros medicamentos ansiolíticos y neurolépticos, a fin de llevar este esfuerzo lo mejor que se pueda, a pesar de la constante pérdida de pacientes, la distancia con las familias, el estrés, el franco riesgo de contagio y los improvisados remiendos con cinta adhesiva en los trajes de protección.

«Aquellos compañeros que son padres de familia han tenido que salirse de sus casas y rentar porque son un riesgo para sus familias. Algunos tienen tres semanas sin ver a sus hijos. Entran al turno muy tristes y desanimados. Yo no me siento nada bien. Sé que esto es una depresión. Por supuesto, tengo el diagnóstico, pero yo misma sé que no se siente igual que otras veces en las que me he sentido triste o decaída. El tema de la salud mental es un reto para nosotros: tenemos que motivarnos, sacar fuerza de donde hay incertidumbre».

Ileana es parte de los más de 11,500 trabajadores de enfermería que el director del Instituto Nacional del Seguro Social (IMSS), Zoé Robledo, anunció estarían listos o ya en activo para la atención específica de pacientes infectados en todo el país durante el escenario tres de la contingencia sanitaria.

«En las semanas anteriores, aquí hubo muchas incapacidades por la ausencia de equipo y muchos contagios. Se registró un brote muy grande porque no estuvieron dando el equipo de protección a tiempo. La jefatura y el área administrativa nos decían: ‘no es necesario, no les vamos a dar cubrebocas N95 porque los estamos guardando para cuando se necesiten’. Pasó que hubo una gran cantidad de compañeros contagiados porque estaban en la primera línea sin equipo, identificando a los pacientes para definir el área a la que los pasarían».

Para poder entrar en el área de infectados, Ileana debe vestir tres capas de equipo. La primera se compone por un traje quirúrgico de la tela habitual. Sobre él se coloca una bata de tela desechable y, finalmente, sobre esa, el traje blanco plastificado que estará en contacto con el paciente.

«Usar el traje es una tortura porque todo el turno no puedes orinar, no puedes comer ni tomar agua, además de que es muy difícil hacer todos los procedimientos con la careta y los lentes empañados. Es difícil que el paciente te reconozca, por lo que se complica generar ese ambiente de paciente-enfermero-doctor en el que haya confianza, que no te vean como un extraterrestre. Hemos caído en cuenta que el material con el que están hechos estos trajes no es del todo seguro. Son de muy mala calidad, sobre todo en el área de las piernas, las axilas y en la parte del calzado. Nos pasa a todos. Yo no soy una persona muy alta ni corpulenta y se me ha roto. Le pegamos tela adhesiva donde se rompe para seguir el turno porque no nos quieren dar otro. La única manera de que nos den otro es que se rompa de una manera muy evidente».

La salud de médicos, enfermeros y el resto de personal de la salud siempre ha estado al límite, lamenta. Por ello remarca la importancia de mantener especial atención en la salud mental, de recurrir a la psiquiatría de ser necesario, quitarse el tabú y confiar en el control de los especialistas. A pesar de las inclemencias y las precariedades que una crisis de salud tan intempestiva y sin precedentes como esta, reconoce el esfuerzo de quienes integran el esquema de atención de la salud pública.

«Sabemos que la autoridades hacen su esfuerzo, estamos conscientes de que estas deficiencias en el sistema de salud han sido de siempre. Este es el resultado de años y años en los que no se ha dado prioridad a las cosas que de verdad son importantes, como la salud y la educación».

Mañana le espera una nueva jornada de trabajo: ocho horas dentro del traje de protección en tres capas, sin poder alimentarse ni ir al baño, luchando de la mano de los médicos por la recuperación de la salud de los pacientes, preparando algunos para recibir el auxilio mecánico de ventilación; a veces le tocará preparar el cuerpo de alguna persona fallecida, en otro momento seguramente celebrará la recuperación de otros tantos. Es la perspectiva diaria de quienes asumen la línea frontal en este momento histórico para la humanidad.

Fuente : https://www.eleconomista.com.mx